En busca de silencio... o al menos de atenuar esta voz
ingrata que liquida la coherencia y que no es capaz de convivir con esa otra
parte. ¿Y hacer algo para llenar el vacío? Sería como dejar el ruido en la
puerta sobre ese felpudo pisoteado; tarde o temprano tendrás que salir y allí
estará esperándote cada vez que bajes la mirada. No funcionará... ni siquiera
mirando hacia otro lado, ignorarlo no es una opción.
¿Llenar lo que no se llenó? No hay cubo lo suficientemente
grande para achicar tanta agua de la bodega, ni viento que mueva esa vela, ni
corriente que tire de este timón.
La deriva. Podría ser una solución, la más fácil y la que
produce menos dolor. Levantar el pie del acelerador y punto muerto, con un
sonido que neutralice la imaginación como el gong, aniquilando tus ondas
cerebrales y sexuales, asesinando lo poco de espíritu que queda para renacer
como un almanpena. ¡Qué feliz!
Dónde andas, amigo mío, ¿ya has quedado vacío y en
silencio? ¿Encontraste respuesta a tus preguntas de hombre o sigues aún con las
de gazapillo? Te mordieron los lobos, ahora te lames y no lo viste venir...
pero qué bella es la vida y qué sonrisas ha dado, casi las mismas que han
quitado... pero qué bello es sentir. Siempre te gustó quitarte las postillas
sin esperar a ver la cicatriz y ahí tienes, amigo, la experiencia.
Párate, mi niño, para de sentir. No vas a crecer más, no sé
en qué momento te estancaste, no sé en qué instante dejaste de entender que la
vida es tuya y solo para ti está. ¿No te has cansado aún de llorar en tu
silencio, cerrado en tu mundo, en tu habitación, en tu cama? Sé lo que lo odias
y que no es lo que esperabas, ¿pero qué has hecho tú?
Sé cómo te sientes, te conozco bien. Estuve allí ese día
cuando creías que nadie te miraba, a tu lado llorando junto a ti, abrazado bajo
tu camisa sintiendo tu piel y escuchando cómo tu corazón latía a descompás.
Perdió su ritmo por un instante y lo único que deseabas era que volviera a
latir con esa música que tanto nos gustaba.
Ya has salido, amigo, no vuelvas.