El silencio cuenta cada noche una historia:
«Es el
pájaro sagaz en busca de un surco en el aire,
aprovechando la brisa del mar para llegar a donde nadie.
Él alza su vuelo cada día entre sombras con un sino:
volar hacia el sol en el día y bajo el manto azul arroparse,
noche tras día y día tras noche».
La niña
que mira la ventana pregunta con un suspiro:
«Pajarillo que vuelas del invierno a la primavera, posa tu destino.
Sé que tus viejas alas tienen la fuerza de soportar la distancia,
pero sabes que un día te fallarán, da igual dónde vayas».
El
pajarillo, sin posarse y haciendo surcos con el aire, mira y dice:
«Mi vuelo es una aventura que con cada aleteo se reaviva,
mi vuelo es para mí lo que para ti tus piernas, tus manos y tu risa,
mi vuelo es para que tú lo veas y lo sientas,
por eso, mi niña, vuelo alto, sin miedo y con paciencia».
Palabras
vacías en aquella frase escuchó; aun así la esperaba cada día y primavera,
así que los años pasaron y su pelo blanco tornó.
Un día
como cualquier otro, con brisa fresca, un pájaro volvió,
era joven, sus alas aún sin color.
El pajarillo miró a la ya anciana y le preguntó:
«Mi abuela de ti a todos nos habló,
contó cómo cada año te veía al pasar esperándola regresar,
cómo con cada año más alto parecías mirar».
La
anciana, sorprendida, le contestó:
«¿Y por qué no bajaba para conmigo hablar? La esperé cada día,
con cada cana pensaba que de mí ella no se acordaría,
he visto bandadas de pájaros cantar y jugar,
la he esperado para que de su historia me contara el final...».
A lo que
el pajarillo respondió:
«¿Y por qué no saliste a buscar?».
Crisol
empapado de verdad,
haz beber a todo aquel que no sabe qué decir,
cambia las palabras cargadas con tizones de ánimos
y revela los gestos malhumorados de pensamientos infundados.
Vasos
vacíos que esperan ser llenados,
capaces sus palabras inocentes de cambiar al distante,
su mirada de aclarar la ceguera al envidioso
y su risa de romper la indiferencia de los olvidados.