Hoy lloro, me retumban los oídos, suena música en mi cabeza y me pierdo en esta habitación sin velas.
Me siento en las escaleras a recordar, a pensar y creer que nada va conmigo, que todo es causalidad.
Mi infinita inconsciencia sigue dentro de mí, no me perdona y hurga en la herida para no dejarla cicatrizar y verla sangrar.
No sé si es frustración o la disolución en mi interior que no perdona mis tropiezos, no sé si es la vida que me trata sin respeto.
Miro el cielo, al vacío y no veo, no entiendo, no comprendo la niebla del amanecer que se levanta al atardecer, pero sigo aquí paciente con mi dosis de Dormidina.
Este olor está a mi alrededor, sigue mi estela por dondequiera que camine, acompañado de un gesto y un movimiento buscando un hedor algo mejor.
Me viene lo lejano, el inequívoco pensamiento infructuoso y permanente de no haber sido quien debiera para ser quien no soy.
Y luego estás tú...
Lejos... muy lejos ya, tan lejos que eres parte de las partes que hicieron de mí lo que jamás seré, un ente sin peso, un diablo sin infierno y un ángel sin cielo.
Y suena la música y me dejo llevar, entonces no sé si llorar... o llorar.
Me miento, me engaño y convenzo... me miro en el mismo espejo desde los cuarenta y tantos y sigo siendo el mismo sin techo... Frío en noches vacías, cálido en las noches de verano y solitario el resto del año.
Me odio a ratos vacíos, me quiero cuando soy capaz de dar, no acepto la improbable posibilidad, acepto la cruda realidad, quedando la infinita evidencia de la única verdad... que la soledad me crucifica cada noche, cada mañana, cada tarde, sin pararse a pensar en esta fragilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario