Y cuando te das cuenta es, a veces, reloj de arena y otras de cuerda.
Sientes cómo te escurre con indiferencia entre los dedos unas veces y otras, en cambio, se detiene... y ya está.
Algunas son más que otras y las otras menos que la una; las doce se convierten en principio y, sin darte cuenta, te diste la vuelta. Sin piedad, el reloj de arena vuelve a girar y girar y girar...
El de cuerda es otra historia.
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